(A la guerra en general)
La instantánea costumbre del reloj
barría las mañanas de febrero,
el febrero más roto
bajo el Sol de madrugada
gritando sus promesas
a la coraza del brillante escarabajo.
Las señoras que vestían de plomo,
por aquel entonces del invierno,
todas llevaban
al mercado gris del olvido
un botijo con sesos,
una jarrita de sangre
y unos melones amargos.
Ahora pasa la flauta y el tranvía
y los arados arremeten
una, dos, tres...
contra las arrugas desprevenidas
de las dulces campesinas de chocolate.
Lloran las viudas oxidadas
a sus hijos cadáveres
tras la masacre de febrero.
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